La noche
viene casi perfecta, tengo puesto algo que me hace sentir linda, mi clásico
peinado desde que me corté el pelo, estoy con mis amigas y me encuentro en ese
estado divino de alegría que estás suelta como para socializar con todo el
mundo y sobria como para no agarrar tu celular y hacer un desastre masivo con
el whatsapp.
La noche
viene así, como casi siempre, yo haciendo mi pasito, mis amigas llorando de
risa –porqué payaso del grupo siempre- y
saludando gente por doquier, nos acercamos a la barra a pedir otra ronda de lo
que sea para mantener el espíritu mientras vemos al tipo de siempre bastante
mayor sacudiendo la hielera. Whiscola va y whiscola viene seguimos haciendo lo
que sabemos hacer.
Y ahí
está. Lo que deja de hacer la noche casi perfecta. Lo que deja de hacer la
noche casi como siempre. Lo que hace que dejes por un segundo de hacer tu
pasito y apoyes el vaso en la barra, lo que hace que te preguntes si lo que
estás viendo es real o solamente es un efecto secundario de la noche, tu vestuario,
tu peinado, tus locas amigas o lo más probable, del alcohol que corre por tus
venas. Entonces cerrás los ojos y cruzás los dedos esperando que alguien –lo que sea a lo que le estés hablando-
escuche tus plegarias. Pero no, ahí está. Abrís los ojos y lo ves, a él, al
factor desencadenante de tus noches.
Y vos
ahí, tan minita lo mirás y esperás a que te mire, y te das cuenta que aunque ni
siquiera sabías que iba a estar en el mismo lugar que vos: te vestiste para él,
te peinaste para él, te maquillaste para él y hasta te perfumaste para él. Y de
todas las situaciones que imaginaste en tu cabeza que podrían pasar si por
casualidad aparecía, ésta nunca se te paso por la mente.
Lo buscás
con la mirada y la de él te encuentra por un segundo. Y ocurre lo que siempre
ocurre cuando él te mira, te olvidas que tenés un vaso esperando en la barra,
que tenés que seguir haciendo pavadas para que tus amigas se rían, que el está
con los amigos –por lo tanto es un
estúpido- ah y me faltó lo principal, en este momento está con otra mina,
sí, sí, con otra mina.
Y no se
si es necesario ni siquiera contar el resto de la historia porque pasa lo que
pasa siempre; agarrás tu vaso, volvés al pasito y tu cabeza no para de pensar
en buscar un pibe que este más bueno que él –cosa
que para vos es bastante difícil porque te gusta él y sólo él- y hacer lo
mismo; pero queda sólo en eso, en un pensamiento. Mientras tanto recargas el
vaso incontables veces y haces como que nada pasó, nunca lo viste y nunca le
dio aquel beso que imaginabas que era para vos a otra mina que no te llega ni a
la suela del zapato –siempre pensás eso,
sino nada tiene sentido-.
Entonces
llegas a tu casa con los zapatos en la mano después de mucho alcohol, dos
panchos, incontables cigarrillos y la infaltable charla taxi-depresiva post
baile. Tocas la cama y te cae la ficha de repente; sabes que tu noche podría
haber terminado diferente.
Y como
siempre, o como casi siempre que te pasa lo mismo te decís: tal vez algún día.
Y sí sabés que ese tal vez algún día depende de vos y de él por supuesto. Que
tal vez algún día terminen la noche juntos, o que tal vez algún día te acompañe
a tomarte el taxi mientras se comen un pancho juntos, o que tal vez algún día
te arranque aquel cigarrillo que no le gusta de la mano. Te decís que tal vez
algún día si vos dejaras tu orgullo de lado y él el suyo, la cosa sería
diferente. Que tal vez algún día si vos dejaras de lado tu pensamiento tan de
minita y él dejara de lado su pensamiento tan de pibito podrían armar algo
lindo juntos. Que tal vez algún día o alguna noche, ese efecto desencadenante
te sorprenda de una manera diferente, y no podés esperar a que eso pase.