martes, 1 de septiembre de 2015

"No quiero una relación"

"No quiero una relación" porque no quiero estar por estar con una persona.
"No quiero una relación" porque no quiero que cada vez que mis amigas se junten sin mí comenten la cagada que te mandaste vos y yo te perdoné, o peor, la que todo el mundo sabe y yo no me enteré.
"No quiero una relación" porque no quiero ser para tus amigos la puta de turno que llamas cuando tenes ganas ni que vos seas para mis amigas el gil que me quiere solo para eso.
"No quiero una relación" porque no quiero que toda mi familia o la tuya diga que linda pareja hacemos y después cada uno por nuestro lado nos mandemos cualquiera.
"No quiero una relación" porque no quiero que cada discusión sea por razones como: "vos sos una histérica" o "vos sos un gil".
"No quiero una relación" porque no quiero que nos dejemos porque no hay sentimientos y que nos volvamos a juntar porque hay ganas.

"No quiero una relación" pero la querría si sin reconocer que estamos enamorados sepamos que queremos intentarlo, que nuestra no-relación no va a ser como las demás porque acá los protagonistas somos vos y yo, porque nos dejemos de falsedades y nos chupe un huevo si hacemos linda pareja o si somos la puta y el gil para nuestros amigos. Quiero poder aceptarte si sos ese gil y te mandas una cagada y ser la histérica con pensamiento de minita que te grita, llora, te tira todo por la cabeza y después te perdona si vas de frente, aunque el mundo después me condene de estúpida.

¿Sabes cuándo quiero una relación, no-relación o como quieras llamarle? Cuando no nos importe si nos quisimos mucho o poco, cuando no nos interese si duramos largo o corto tiempo, cuando los dos estemos conformes de que duró lo que tenía que durar y que si nos dejamos no fue porque el horóscopo no nos daba compatible, o porque no eras mi estereotipo ideal de flaco ni yo el tuyo de mina; que si nos dejamos sea porque a pesar de todo eso que nos pasó no nos quedaron mas ganas de intentarlo. Porque aunque yo "no quería una relación" -y créeme que vos tampoco- supimos sin saberlo tener una linda y sana relación, no-relación, o como quieras llamarle...

lunes, 1 de junio de 2015

Factor desencadente.

La noche viene casi perfecta, tengo puesto algo que me hace sentir linda, mi clásico peinado desde que me corté el pelo, estoy con mis amigas y me encuentro en ese estado divino de alegría que estás suelta como para socializar con todo el mundo y sobria como para no agarrar tu celular y hacer un desastre masivo con el whatsapp.

La noche viene así, como casi siempre, yo haciendo mi pasito, mis amigas llorando de risa –porqué payaso del grupo siempre- y saludando gente por doquier, nos acercamos a la barra a pedir otra ronda de lo que sea para mantener el espíritu mientras vemos al tipo de siempre bastante mayor sacudiendo la hielera. Whiscola va y whiscola viene seguimos haciendo lo que sabemos hacer.

Y ahí está. Lo que deja de hacer la noche casi perfecta. Lo que deja de hacer la noche casi como siempre. Lo que hace que dejes por un segundo de hacer tu pasito y apoyes el vaso en la barra, lo que hace que te preguntes si lo que estás viendo es real o solamente es un efecto secundario de la noche, tu vestuario, tu peinado, tus locas amigas o lo más probable, del alcohol que corre por tus venas. Entonces cerrás los ojos y cruzás los dedos esperando que alguien –lo que sea a lo que le estés hablando- escuche tus plegarias. Pero no, ahí está. Abrís los ojos y lo ves, a él, al factor desencadenante de tus noches.

Y vos ahí, tan minita lo mirás y esperás a que te mire, y te das cuenta que aunque ni siquiera sabías que iba a estar en el mismo lugar que vos: te vestiste para él, te peinaste para él, te maquillaste para él y hasta te perfumaste para él. Y de todas las situaciones que imaginaste en tu cabeza que podrían pasar si por casualidad aparecía, ésta nunca se te paso por la mente.

Lo buscás con la mirada y la de él te encuentra por un segundo. Y ocurre lo que siempre ocurre cuando él te mira, te olvidas que tenés un vaso esperando en la barra, que tenés que seguir haciendo pavadas para que tus amigas se rían, que el está con los amigos –por lo tanto es un estúpido- ah y me faltó lo principal, en este momento está con otra mina, sí, sí, con otra mina.

Y no se si es necesario ni siquiera contar el resto de la historia porque pasa lo que pasa siempre; agarrás tu vaso, volvés al pasito y tu cabeza no para de pensar en buscar un pibe que este más bueno que él –cosa que para vos es bastante difícil porque te gusta él y sólo él- y hacer lo mismo; pero queda sólo en eso, en un pensamiento. Mientras tanto recargas el vaso incontables veces y haces como que nada pasó, nunca lo viste y nunca le dio aquel beso que imaginabas que era para vos a otra mina que no te llega ni a la suela del zapato –siempre pensás eso, sino nada tiene sentido-.

Entonces llegas a tu casa con los zapatos en la mano después de mucho alcohol, dos panchos, incontables cigarrillos y la infaltable charla taxi-depresiva post baile. Tocas la cama y te cae la ficha de repente; sabes que tu noche podría haber terminado diferente.

Y como siempre, o como casi siempre que te pasa lo mismo te decís: tal vez algún día. Y sí sabés que ese tal vez algún día depende de vos y de él por supuesto. Que tal vez algún día terminen la noche juntos, o que tal vez algún día te acompañe a tomarte el taxi mientras se comen un pancho juntos, o que tal vez algún día te arranque aquel cigarrillo que no le gusta de la mano. Te decís que tal vez algún día si vos dejaras tu orgullo de lado y él el suyo, la cosa sería diferente. Que tal vez algún día si vos dejaras de lado tu pensamiento tan de minita y él dejara de lado su pensamiento tan de pibito podrían armar algo lindo juntos. Que tal vez algún día o alguna noche, ese efecto desencadenante te sorprenda de una manera diferente, y no podés esperar a que eso pase. g esperando en la barra, que ten que tenaste en tu cabeza que podrtu vestuario, tu peinado, tus locas amigas o lo mas por un seg



Natita ♛. 

jueves, 28 de mayo de 2015

Síndrome de viernes.

Viernes. Viernes de buen humor, viernes de ganas, viernes de sonrisas, viernes de ponerle buena cara a las caras de culo, viernes de bancarte a los que nunca te bancas, viernes de buena música, viernes de decisión.
Sí, de decisión. Esa que tomás cuando agarras el celular y la pantalla tintinea mostrando esa pregunta que parece tan simple pero a la vez tan compleja. Finalmente lo que sale de ese grupo que tenés con tus amigas con el nombre más ridículo que se les pudo ocurrir –claramente producto de una aplaudida noche de borrachera-, ese “¿qué hacemos hoy?” aparece ansioso de respuesta; respuesta que tiene más contenido oculto que la biblia.

Y ahí con el celular en mano y personas esperando tu respuesta es cuando pasan más cosas por tu cabeza que cuando tenés que responder una pregunta en un parcial y no sabés una goma. Es cuando te viaja la mente y pensás en todas las posibilidades de qué hacer y por supuesto en sus tan temidas consecuencias. Y ahí descubrís que el síndrome de viernes provoca eso, levantarse pensando que el viernes es el comienzo del fin de semana que cambie tu vida y después pasa el tiempo y pensás que hace un año tenés el síndrome de viernes incorporado y venís esperando que sea ese fin de semana que cambia tu vida, pero nunca pasa.

Decidís responder ese whatsapp más tarde, después de evaluar los planes, evacuar las dudas de cada uno y por supuesto, el balance de lo positivo y negativo de lo que puede pasar si… mientras vas colgada en el bondi observando el síndrome de viernes por todos lados.

Salir a un boliche igual a cagarte de frío; igual a gastar plata –sabés que con unos tragos encima sos bastante mano abierta-; igual a limpiar tu cuarto y evacuar la silla y escritorio posa ropa –las previas siempre son en casa-; igual a encontrarte con gente que no querés y lo último pero no menos importante; igual a saltearte la clase de la facultad e instalarte en el shopping toda la tarde buscando la ropa perfecta para que uno de los tantos pibes con los cuales alguna vez colgada en el mismo bondi, te imaginaste una vida con ellos mientras que lo único que compartiste fue un chamuyo y un beso de boliche vuelva a buscarte como aquella noche –y ponele que eso significa: no clases, tiempo y más plata- y para hacer más trágica la situación –sí, muy minita todo, me gusta la tragedia y la novelita de la noche-  tanta preparación sirve para nada porque ves a el pibe o a los pibes con los que te imaginaste casa, perros e hijos con otra mina.

Ya está decidido, vas a ir a la facultad como corresponde, no vas a hacer uso masivo de la tarjeta, no vas a cagarte de frío ni vas a ver al pibe con el cual planeabas casa, perros e hijos con otra mina, porque simplemente no vas a ir. La cama y unas películas deprimentes mientras comés te pueden más.


Eso es hasta que llegas a la puerta de la facultad, te absorve una energía extraña en la cuál las neuronas no hacen sinapsis y cambias los libros por la tarjeta de crédito y no importan los planes, ni las dudas que tengas, ni si el balance de cada uno te dio negativo, positivo o cero. Sólo haces lo que haces en cada síndrome de viernes como este, agarrás el celular, buscás ese grupo con nombre rídiculo y contestás “¿al final a dónde vamos hoy?”.

Natita ♛.