Viernes. Viernes de buen humor, viernes de ganas, viernes de
sonrisas, viernes de ponerle buena cara a las caras de culo, viernes de
bancarte a los que nunca te bancas, viernes de buena música, viernes de
decisión.
Sí, de decisión. Esa que tomás cuando agarras el celular y la
pantalla tintinea mostrando esa pregunta que parece tan simple pero a la vez
tan compleja. Finalmente lo que sale de ese grupo que tenés con tus amigas con
el nombre más ridículo que se les pudo ocurrir –claramente producto de una aplaudida noche de borrachera-, ese
“¿qué hacemos hoy?” aparece ansioso de respuesta; respuesta que tiene más
contenido oculto que la biblia.
Y ahí con el celular en mano y personas esperando tu
respuesta es cuando pasan más cosas por tu cabeza que cuando tenés que
responder una pregunta en un parcial y no sabés una goma. Es cuando te viaja la
mente y pensás en todas las posibilidades de qué hacer y por supuesto en sus
tan temidas consecuencias. Y ahí descubrís que el síndrome de viernes provoca
eso, levantarse pensando que el viernes es el comienzo del fin de semana que
cambie tu vida y después pasa el tiempo y pensás que hace un año tenés el
síndrome de viernes incorporado y venís esperando que sea ese fin de semana que
cambia tu vida, pero nunca pasa.
Decidís responder ese whatsapp más tarde, después de evaluar
los planes, evacuar las dudas de cada uno y por supuesto, el balance de lo
positivo y negativo de lo que puede pasar si… mientras vas colgada en el bondi
observando el síndrome de viernes por todos lados.
Salir a un boliche igual a cagarte de frío; igual a gastar
plata –sabés que con unos tragos encima
sos bastante mano abierta-; igual a limpiar tu cuarto y evacuar la silla y
escritorio posa ropa –las previas siempre
son en casa-; igual a encontrarte con gente que no querés y lo último pero
no menos importante; igual a saltearte la clase de la facultad e instalarte en
el shopping toda la tarde buscando la ropa perfecta para que uno de los tantos
pibes con los cuales alguna vez colgada en el mismo bondi, te imaginaste una
vida con ellos mientras que lo único que compartiste fue un chamuyo y un beso
de boliche vuelva a buscarte como aquella noche –y ponele que eso significa: no clases, tiempo y más plata- y para
hacer más trágica la situación –sí, muy
minita todo, me gusta la tragedia y la novelita de la noche- tanta preparación sirve para nada porque
ves a el pibe o a los pibes con los que te imaginaste casa, perros e hijos con
otra mina.
Ya está decidido, vas a ir a la facultad como corresponde, no
vas a hacer uso masivo de la tarjeta, no vas a cagarte de frío ni vas a ver al
pibe con el cual planeabas casa, perros e hijos con otra mina, porque
simplemente no vas a ir. La cama y unas películas deprimentes mientras comés te
pueden más.
Eso es hasta que llegas a la puerta de la facultad, te
absorve una energía extraña en la cuál las neuronas no hacen sinapsis y cambias
los libros por la tarjeta de crédito y no importan los planes, ni las dudas que
tengas, ni si el balance de cada uno te dio negativo, positivo o cero. Sólo
haces lo que haces en cada síndrome de viernes como este, agarrás el celular,
buscás ese grupo con nombre rídiculo y contestás “¿al final a dónde vamos
hoy?”.
Natita ♛.
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