jueves, 28 de mayo de 2015

Síndrome de viernes.

Viernes. Viernes de buen humor, viernes de ganas, viernes de sonrisas, viernes de ponerle buena cara a las caras de culo, viernes de bancarte a los que nunca te bancas, viernes de buena música, viernes de decisión.
Sí, de decisión. Esa que tomás cuando agarras el celular y la pantalla tintinea mostrando esa pregunta que parece tan simple pero a la vez tan compleja. Finalmente lo que sale de ese grupo que tenés con tus amigas con el nombre más ridículo que se les pudo ocurrir –claramente producto de una aplaudida noche de borrachera-, ese “¿qué hacemos hoy?” aparece ansioso de respuesta; respuesta que tiene más contenido oculto que la biblia.

Y ahí con el celular en mano y personas esperando tu respuesta es cuando pasan más cosas por tu cabeza que cuando tenés que responder una pregunta en un parcial y no sabés una goma. Es cuando te viaja la mente y pensás en todas las posibilidades de qué hacer y por supuesto en sus tan temidas consecuencias. Y ahí descubrís que el síndrome de viernes provoca eso, levantarse pensando que el viernes es el comienzo del fin de semana que cambie tu vida y después pasa el tiempo y pensás que hace un año tenés el síndrome de viernes incorporado y venís esperando que sea ese fin de semana que cambia tu vida, pero nunca pasa.

Decidís responder ese whatsapp más tarde, después de evaluar los planes, evacuar las dudas de cada uno y por supuesto, el balance de lo positivo y negativo de lo que puede pasar si… mientras vas colgada en el bondi observando el síndrome de viernes por todos lados.

Salir a un boliche igual a cagarte de frío; igual a gastar plata –sabés que con unos tragos encima sos bastante mano abierta-; igual a limpiar tu cuarto y evacuar la silla y escritorio posa ropa –las previas siempre son en casa-; igual a encontrarte con gente que no querés y lo último pero no menos importante; igual a saltearte la clase de la facultad e instalarte en el shopping toda la tarde buscando la ropa perfecta para que uno de los tantos pibes con los cuales alguna vez colgada en el mismo bondi, te imaginaste una vida con ellos mientras que lo único que compartiste fue un chamuyo y un beso de boliche vuelva a buscarte como aquella noche –y ponele que eso significa: no clases, tiempo y más plata- y para hacer más trágica la situación –sí, muy minita todo, me gusta la tragedia y la novelita de la noche-  tanta preparación sirve para nada porque ves a el pibe o a los pibes con los que te imaginaste casa, perros e hijos con otra mina.

Ya está decidido, vas a ir a la facultad como corresponde, no vas a hacer uso masivo de la tarjeta, no vas a cagarte de frío ni vas a ver al pibe con el cual planeabas casa, perros e hijos con otra mina, porque simplemente no vas a ir. La cama y unas películas deprimentes mientras comés te pueden más.


Eso es hasta que llegas a la puerta de la facultad, te absorve una energía extraña en la cuál las neuronas no hacen sinapsis y cambias los libros por la tarjeta de crédito y no importan los planes, ni las dudas que tengas, ni si el balance de cada uno te dio negativo, positivo o cero. Sólo haces lo que haces en cada síndrome de viernes como este, agarrás el celular, buscás ese grupo con nombre rídiculo y contestás “¿al final a dónde vamos hoy?”.

Natita ♛.